Hay historias que comienzan de forma casi casual y que, sin embargo, se recuerdan con una nitidez especial.
Fotografías: Bárbara Calamanch
La de Alèxia y Robert empezó en el verano de 2020, en un mercadillo estival de Santa Cristina d’Aro, cuando el mundo empezaba a recuperar la normalidad tras el Covid. Un amigo en común los presentó y, entre food trucks, música y luces cálidas, acabaron compartiendo una cena improvisada. Fue una noche sencilla, sin grandes gestos, pero con esa intuición inmediata de que algo importante acababa de empezar.
Los primeros años de su relación transcurrieron en Barcelona, la ciudad en la que ambos vivían. Allí compartieron la rutina, los planes espontáneos y las escapadas que se convierten en la base silenciosa de cualquier proyecto sólido. Con el tiempo, decidieron mudarse juntos a un pequeño piso lleno de luz en el Passatge de Sant Felip, en Sant Gervasi. Paralelamente, Menorca fue ganando un lugar especial en su historia: la isla a la que regresaban cada verano y donde, año tras año, su relación se fortalecía de forma natural.
No fue casualidad que la pedida de mano tuviera lugar allí. En la playa de Binigaus, junto a Sant Tomàs, el día del solsticio de verano y a pocas horas de San Juan, Robert le pidió matrimonio a Alèxia. Ella aún llevaba el bañador y el pelo mojado por el mar cuando él se arrodilló frente a ella, con el sol cayendo lentamente sobre el horizonte. El momento fue espontáneo, íntimo y profundamente personal. Risas, lágrimas y saltos de emoción acompañaron la escena mientras la cala se sumía en la calma del anochecer.
Desde el primer momento, ambos tuvieron muy claro cómo querían que fuera su boda: pequeña, elegante, cercana y sin artificios. Para ellos, lo esencial era una ceremonia civil con carga emocional y una celebración posterior pensada para disfrutar, donde todos los invitados se sintieran cómodos y partícipes.
El 22 de noviembre de 2025 celebraron su boda rodeados de cien invitados cuidadosamente elegidos: familia y amigos cercanos. El lugar escogido fue Casa Anamaria, en el Empordà, un enclave que reunía todo lo que buscaban. Sus exteriores, la cocina propia y la posibilidad de alojar a muchos de los invitados que venían de fuera hicieron que la experiencia se extendiera más allá del día de la boda. Compartir el desayuno del día siguiente, reencontrarse con calma y comentar la celebración fue uno de esos detalles inesperados que enriquecen el recuerdo.
Para inmortalizar la jornada contaron con proveedores que encajaban plenamente con su manera de entender la boda. La fotografía fue obra de Bárbara Chalamanch, cuya sensibilidad y cercanía permitieron capturar los momentos con naturalidad. El vídeo corrió a cargo de KTO Films, combinando dron y videografía para recoger cada emoción sin interferir en el ritmo del día. La música, uno de los pilares de la celebración, estuvo en manos de Pau, de Ethos Productions, que supo mantener la energía de principio a fin.
Uno de los detalles más singulares fue el papel de Grup Limousines en los traslados. Alèxia llegó a la ceremonia en un Ferrari 308 clásico, Robert lo hizo en un Jaguar E-Type y, tras la ceremonia, ambos se marcharon juntos en un Bentley. Un guiño elegante y muy cuidado que aportó personalidad al día y que se completó con un servicio de transporte práctico y puntual para algunos invitados.
La boda se celebró de día, de 13:00 a 0:00, un horario cómodo y bien pensado. Aprovechando que en noviembre anochece pronto, la celebración evolucionó hacia un ambiente cálido y festivo desde primera hora de la tarde. Mesas largas, más de 200 candelabros y una caja de cerillas personalizada para cada invitado crearon una atmósfera envolvente. Al caer la tarde, un bingo musical, la apertura de la barra libre y una selección de canciones de todas las épocas animaron la fiesta sin necesidad de artificios.
Como broche final, Alèxia y Robert quisieron compartir con todos los invitados un detalle muy personal: regalaron botellas de aceite de Finca Bobó, su finca de olivos en el Empordà, un proyecto común para rehabilitar un campo de olivos centenarios y convertirlo en un espacio para eventos y celebraciones, ¡que ya está en marcha!
Hoy, instalados en Girona y comenzando una nueva etapa, miran atrás con la tranquilidad de haber celebrado una boda fiel a quienes son: auténtica, bien pensada y compartida con las personas que realmente importan. Un recuerdo construido desde la sencillez y la coherencia, sin necesidad de excesos.
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