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Novias de España 77

Fotografías: Dos más en la mesa

Hay historias que comienzan sin artificios, casi por casualidad, y que precisamente por eso resultan auténticas.

La de Maria y Jordi empezó una noche cualquiera en Barcelona, durante una cena en la que coincidieron sin amigos en común ni presentaciones previas. Cada uno acudía con su propio grupo, sin imaginar que aquel encuentro fortuito marcaría el inicio de una relación que, con el paso de los años, se consolidaría de forma natural y serena. Tras volver a verse un par de semanas después, la relación avanzó sin prisa, pero con la seguridad de quien encuentra algo que encaja.

Casi seis años más tarde, esa misma sensación de certeza fue la que acompañó la decisión de dar un paso más. La pedida de mano tuvo lugar el 24 de septiembre de 2024, una fecha especialmente significativa para Jordi, en un restaurante del Tibidabo desde el que se desplegaba Barcelona a sus pies. Un escenario escogido con cuidado para un momento íntimo, en el que la ciudad se convirtió en testigo silencioso de una promesa que ya llevaba tiempo gestándose.

Como ocurre en muchas bodas, los meses previos estuvieron llenos de decisiones, ajustes y pequeños contratiempos. La organización trajo consigo anécdotas relacionadas con flores, autobuses, música o sonido, y también esa sensación compartida de que los días anteriores al enlace pueden resultar abrumadores. Sin embargo, ambos coinciden en que el día de la boda supera siempre cualquier expectativa previa: todo fluye mejor de lo imaginado cuando se deja espacio para disfrutar y vivir cada instante, desde los preparativos hasta el último momento de la celebración.

El “sí, quiero” fue uno de los puntos culminantes del día. Girarse y ver reunidas a todas las personas importantes, compartir ese compromiso delante de ellas y prometerse seguir caminando juntos fue una experiencia difícil de describir con palabras. Un instante intenso y fugaz, esperado con ilusión y vivido con una emoción que solo se comprende cuando se experimenta en primera persona.

La elección de Mas La Boella como lugar para la celebración no fue casual. Para Maria, es un espacio profundamente ligado a su historia familiar, y para ambos representaba el lugar ideal donde comenzar oficialmente su propia familia. Un enclave cargado de recuerdos, en el que ya habían vivido momentos significativos y que encajaba de forma natural con el significado que querían dar a su boda.

La experiencia en el espacio superó sus expectativas desde el primer contacto. La organización resultó fluida y cercana, y la jornada de puertas abiertas fue clave para visualizar los distintos ambientes, la disposición de las mesas, la decoración floral y para conocer directamente a los proveedores. Todo ello contribuyó a que el proceso fuera más sencillo y a que el resultado final reflejara exactamente lo que habían imaginado.

Recordar un solo momento del día resulta complicado, porque las emociones se sucedieron de forma constante. La entrada a la iglesia fue especialmente significativa, al igual que los instantes dedicados a agradecer y homenajear a las madres y a los amigos más cercanos. Muchos invitados destacaron el aperitivo como uno de los elementos diferenciales, tanto por su planteamiento como por la forma en que se integró en el ritmo de la celebración.

En cuanto al vestuario, cada elección estuvo cargada de sentido. Maria tenía claro que quería casarse en otoño y llevar un abrigo, y buscó un vestido que reflejara su estilo personal y el valor de la artesanía. El diseño, confeccionado por Tot-Hom, se completó con un velo que había pertenecido a su madre y unos pendientes de su abuela, aportando al conjunto una dimensión emocional y familiar. Jordi optó por un chaqué clásico, cuidando que cada complemento tuviera un significado especial: regalos de Maria, de su padrino, de amigos y de sus suegros, piezas que convertían su outfit en un relato personal.

La fotografía estuvo a cargo de Dos más en la mesa, mientras que el vídeo fue realizado por Slow Studio, encargados de capturar con discreción y sensibilidad una jornada irrepetible.

Al final, la boda de Maria y Jordi no fue solo una celebración cuidada al detalle, sino el reflejo de una historia construida con tiempo, coherencia y vínculos sólidos. Un día vivido con intensidad, pero también con la tranquilidad de saber que lo importante no era el momento en sí, sino todo lo que vendría después.

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